La tripa empieza a digerir la media de pulpo (la soledad impide llegar a raciones enteras) mezclada con dos cervezas (el alcohol no parece entender del escaso número de comensales). De postre vienen pensamientos que me hacen comenzar a entablar una buena relación con esta ciudad.
Me gusta este Vigo calmado y sin lluvia, sorprendido por mi chubasquero y mis prisas. Le encuentro el encanto a esta ambigüedad que suele desquiciar mi mentalidad madrileña y hasta me sonrío con las mentiras y desengaños políticos vividos en primera persona.
Estoy cansado. Tal vez tanto como fuerte. Y me reencuentro con mi yo poderoso, inteligente, ágil, solvente y autónomo y suspiro aliviado porque creí haberlo perdido entre despachos, oficinas y personalidades que tienden a anular todo lo que valgo.
Ya desnudo, y aunque duelan las piernas y la falta de cama, siento que me hacía falta saber que sigo valiendo para esto. Y así las ganas de sueño son menos.
Me encierro en una pequeña habitación de hotel que no tiene ni compañía ni vistas a la desembocadura de un río africano, pero por hoy me bastará con la excitación que me produjo la columna de hidromasaje de esta ducha que refresca mi ánimo a la vez que calienta mi cuerpo.
No sé. Tal vez las canas, después de este aseo no sean tantas como mostraba el espejo.