miércoles, 29 de abril de 2009


Ya no me sorprendo. Ya no consiguen sorprenderme con nada.

Tampoco me enfado ni grito. Ya no me rebelo. Mi úlcera descansa cerrada y mi sueño es profundo. Le ayuda el cansancio físico que me produce llorar.

Porque sí, ya sólo me entristezco. Ya sólo lloro. Bajo la cabeza, me humillo, lloro y sigo trabajando.

Lo han conseguido y me siento mísero, mínimo. Me avergüenzo. Sólo quedo para subsistir.

Y lo sabía. Sabía que a los Poderosos no les importa el trabajo bien hecho, el compañerismo, la bondad. Sabía que a los Caciques sólo les importa su bienestar. Sabía que los Caudillos no entienden de sentimientos.

Lo sabía. Ellos sabían que yo lo sabía. Por eso no me enfado, ni grito ni me rebelo. Para no defraudarlos.

Sólo lloro porque lo han conseguido. Sólo lloro porque el mundo se me hace más gris. Sólo lloro porque nos vencieron. Porque nos siguen venciendo. Porque me siento ruin. Y porque, funcionando, he llegado a quererte en poco tiempo. Y te vas. Te van. Sin que mi sueño se altere. Sin que mis lágrimas dejen de llorar.


Sólo entonces, cuando no te vayan, cuando otro mundo sea posible, cuando nosotros ganemos, cuando no nos pisen, cuando trabajar y ser un buen compañero sean valores a tener en cuenta, sólo entonces volveré a permitir que mis manos escriban cosas alegres.

"El caso es que me afectan las cotidianas tristezas [...]"- ISMAEL SERRANO

lunes, 27 de abril de 2009

Gregorio enfila un Prado extrañamente vacío. Está callado. Nunca sabremos si por respetar el duelo y el silencio de los pasajeros de su vehículo, o sencillamente (y, a simple vista, no parece un hombre que repare en estas cosas) porque las horas invitan al silencio.

En el asiento del copiloto disputo una estúpida lucha consistente en no dejar escapar mis lágrimas. Las pocas que me ganan la batalla se turnan. Unas son de tristeza. Otras, no sé cuáles, se imponen para expresar una mezcla de emoción y alegría que deja además un ahogo (más que un nudo) en la garganta.

Las cholitas han dejado de tintinear sobre mi cabeza, y el niño Jesús Morales se ha quedado solo en la habitación. Sólo espero que no haya quedado descalzo.

Me traigo una camiseta verde para el doce de junio, una chakana de una pirámide que aún no existe y otra del hijo de una señora tan pesada como para no comprarle nada. Todo son regalos.

Ahora Los deshabitados vuelven a su rutina mientras yo vuelvo a la mía, Gregorio comienza a hablar y Geri retorna a su locura cual chileno del piso de abajo, parte de atrás.

Es una fila interminable (después de otras dos y media; la media la más larga de todas). Cuando se está acabando, dejo de pelear contras mis lágrimas porque sé de antemano que, sin más remedio, saldrán de mis ojos y, con la misma sencillez, Newton las llevará al suelo.

Lloro por nuestras tontás. Porque las ventanas nunca se cierran, porque el periódico se lee en la mesa aunque haya más comensales y porque me gusta llegar al fútbol cinco minutos antes de que empiece el partido.

Lloro por la cajita verde y redonda para los labios, por la esponja que no usé y por El Ceibo.

Lloro porque mi asiento siempre fuese el de adelante. Porque jugamos (y casi siempre gané).

Lloro por cada conversación en la cocina (fría, ¡puta!), porque me escucháis, me entendéis, me queréis y me perdonáis… la tristeza.

Lloro porque os quiero. Y no porque me sienta querido, lloro porque me queréis.

Y cuando el asiento de atrás de Gregorio baja de nuevo hacia Sopocachi sé que lo hace feliz pero tan callado como cuando subía. Y estas horas ya no invitan al silencio.

"Ya".

jueves, 16 de abril de 2009

Aquel barquito sigue navegando. Por los días que vendrán. Que vendrán

martes, 14 de abril de 2009


El día después de la muerte de Ramón te invadió una mezcla de culpabilidad, tristeza e impotencia.

Te subiste a la encimera con aquellos pantalones grises y no dejaste de llorar.

A partir de entonces, y hasta que dejó de serlo, la vida se volvió tan bonita como sencilla.

jueves, 2 de abril de 2009

Comienza en euskera y tras versionar a Aute, se atreve con el inglés, el francés, el portugués y el italiano. Su voz suena como la de aquella edad del porvenir que ya se fue. Conserva, en aspecto y en ausencia de arrugas, la inocencia y bondad en su mirada, tanta que, en todo momento, dan ganas de parar la actuación, abrazarlo unos segundos y después permitir que siga cantando.

Ha aprendido hasta a bailar, tal vez ya sabía pero se negaba como a muchas otras cosas. Mientras su timbre te hipnotiza, te hace feliz, su cuerpo convierte en arte unos pasos sencillos.

No sé si fue el quien lo decidió, si el mundo es absurdo y no observa evidencias, o si quiso pero no pudo. En todo caso, lo prefiero. Porque aunque estoy seguro de que podría llenar estadios y de que no hay nadie mejor que él en este país de ubagos y ecdls, la vida me sigue dando regalos tan sorprendentes como poder verlo desde la primera fila en una sala a rebosar, a rebosar con 50 personas, y sentirme por un rato la persona más feliz del mundo mientras me pierdo en su voz, en su cara inocente y divertida y en sus sencillos bailes.

Entonces me dan ganas de parar todo y no dejar nunca de abrazarlo. Y siento pena por aquellos que no supieron ver más allá del uno, dos, tres, cuatro. Será que nos rodean, más de las que pensamos, muchas madres de Fabián.