Cuando del cien pasa al noventa y baja al ochenta, e irremediablemente traspasa la frontera del cincuenta, entonces, y sólo entonces, se desmorona sin poder aguantar cerca del cuatro.
Y se va al cero. Se cae. Se vacía. Se marea. Y deja de ser ese disfraz de superhéroe contemporáneo sin slip ajustado, para sacar a la luz las cloacas de su personalidad, ésas en las que el hedor le deja sin las fuerzas criptoníticas que le permiten sobrevivir a un mundo en el cual no hay rincón para él.
Así que vuelve a llorar cuando roza el cincuenta y uno para que le agarren antes de tiempo porque el simple hecho de pensar en entonces le quita algunos decimales más.
Y se va al cero. Se cae. Se vacía. Se marea. Y deja de ser ese disfraz de superhéroe contemporáneo sin slip ajustado, para sacar a la luz las cloacas de su personalidad, ésas en las que el hedor le deja sin las fuerzas criptoníticas que le permiten sobrevivir a un mundo en el cual no hay rincón para él.
Así que vuelve a llorar cuando roza el cincuenta y uno para que le agarren antes de tiempo porque el simple hecho de pensar en entonces le quita algunos decimales más.