miércoles 7 de diciembre de 2011

Les uno y ellos saben que tal vez sea la última vez. Al menos saben que ese reencuentro no tiene más sentido que recordar que un día se quisieron.
Soy testigo (algo mudo porque recuperan su ininteligible lenguaje propio) de un mundo que ya no extraño y me siento feliz de que haya un trocito de entonces que se ha quedado conmigo. Y así convierto la primera curva del circuito Montoya en un tesoro preciado, y aunque a ella la siento con nostalgia, a él le quiero con la seguridad que dan los años sin perdernos.
Y me siento afortunado.


Suena el teléfono y la soledad de un bar vacío acoge el reencuentro de un dolor que intenta acabarse. Y aunque cuesta que exista una sonrisa, nos reunimos en nuestras carencias y él se empeña en envidiar lo poco que a mí me parece que valgo y que a él le parece tanto.
Y le comprendo.


Mando un mensaje marca de la casa para prevenir un plantón que no llega y aparece con su tripa feliz y una calma que me recuerda a ella. Y aunque me siento apurado porque un día la rompí me vuelve a enamorar por un momento cuando, con la madurez del paso del tiempo, me perdona con contundencia porque, aunque me porté mal, siempre fui bueno. Se sigue mordiendo las uñas.

Y lo agradezco

miércoles 10 de agosto de 2011




No me gusta cuando ella comienza a engrisecerse y acaba reducida a una persona mediocre, triste e insegura. No me gusta que esté abatida.

No me gusta observar cómo le quitan lo que es suyo, primero con cercanía y cariño y después, despacio, con una zafia y programada alevosía ejecutada sin resistencia.

No me gusta ver su apatía sin forma y su desdén anodino que la convierten en una mala simulación de persona torpe y sin talento. No me gusta su resignación justificada.

No me gusta que la hablen mal, que no la dejen hablar, que la hablen sin parar, que no den importancia a su importancia, que la acaben desgastando con tanto desgaste .

Porque yo creo en ella.

Y me gusta cuando la empujan suave para que desde allí salte alto y toque el cielo. Y aparece brillante su esplendor. Y se da un homenaje que encumbra a arte la dialéctica. Y razona ágil, construye con certeza y resuelve con solvencia lo que la vida va arrojando cada día.

Y me gusta cuando creen en ella y la aplauden flojito. Y así se preocupa por todos sin preocuparse por nada y la generosidad le rebosa y los detalles se le caen de las manos. Y aparece su humor (tan presente siempre que ya se le echaba de menos) y conquista al mundo con la bondad que yo sé que lleva dentro.

Y sólo con eso. Sólo con que no le hagan cosas que a mí no me gusta que le hagan...

miércoles 13 de julio de 2011

Me queda, aunque me queden tan pocas cosas tuyas, al menos el derecho de no preguntarme a mí mismo si te gustaría que publicase uno de tus poemas favoritos.

Me queda, aunque tu recuerdo lo difumine poco a poco el tiempo, el derecho de alegrarme por haberte conocido.


DEFENSA DE LA ALEGRÍA
Mario Benedetti

Defender la alegría como una trinchera
defenderla del escándalo y la rutina
de la miseria y los miserables
de las ausencias transitorias
y las definitivas

defender la alegría como un principio
defenderla del pasmo y las pesadillas
de los neutrales y de los neutrones
de las dulces infamias
y los graves diagnósticos

defender la alegría como una bandera
defenderla del rayo y la melancolía
de los ingenuos y de los canallas
de la retórica y los paros cardiacos
de las endemias y las academias

defender la alegría como un destino
defenderla del fuego y de los bomberos
de los suicidas y los homicidas
de las vacaciones y del agobio
de la obligación de estar alegres

defender la alegría como una certeza
defenderla del óxido y la roña
de la famosa pátina del tiempo
del relente y del oportunismo
de los proxenetas de la risa

defender la alegría como un derecho
defenderla de dios y del invierno
de las mayúsculas y de la muerte
de los apellidos y las lástimas
del azar
y también de la alegría




miércoles 18 de mayo de 2011

Un tren tan traqueteante como para hacer abandonar mis intentos de corregir con boli un texto, se moja por el feo paisaje de Huelva a la vez que coquetea, sin llegar a consolidar tanto tonteo, con la intermitente cobertura de internet camino de Santa Justa.

Frente al Ayuntamiento se concentran a media mañana ocho personas que proclaman el derecho a otro mundo posible y este olor a un mar cercano, no compensa la nostalgia del Madrid más parecido al mayo francés que mi generación haya conocido, ni la lejanía de un hospital donde la abuela cumplirá años y yo no sabré por qué felicitarla.

Me acompaña desde hace meses un omeprazol que pelea contra los antiinflamatorios para que mi estómago no sea otra parte del cuerpo carne de prácticas de universidad y añoro aquellos años de barro en La Chopera cuando mi comunio era un San Lorenzo con franja azul sobre el pecho camino de una victoria eterna.

Y aunque Sevilla queda ya menos lejos, la Puerta del Sol se me antoja tan lejana como una jornada de jueves con trabajo, planta de medicina interna y resonancia magnética que convertirán en viernes mis intentos de revolución.


A ti, que me echaste de menos tanto como yo a ti mientras gritabas por otro mundo posible. Por los días que vendrán. Que vendrán.

miércoles 9 de marzo de 2011


Ya no llora ni se enfada como cuando se enfadaba y lloraba. Ya no convierte cada charla en un ultimátum a su vida, ni exige orden, limpieza y adornos antropológicos como el que saca agua de un pozo para poder beber.

En la calma (en la calma que da no esperar tanto todo y disfrutar de lo poco que viene) no pierde su entusiasmo vital, aunque lo atenúe la tibia tristeza de quien la acompaña cada noche.
Nadie frena la brillantez, cuando regresa, porque su pequeñito aparece en forma de tortilla con David el Gnomo al otro lado del skype y, entonces, el mundo son sólo ellos (aunque conversen cuatro) quedando el resto marginado ante un univerno de piratas, dinosaurios y superhéroes reinventados. Se acerca así el día de otra licencia sin sueldo que acentúe, con sol africano, una piel bonita en unos ojos que deslumbran al sol y dan sosiego cuando éste comienza a dejarnos cada tarde.

Al volver retornará la complicidad de quienes libraron duras batallas sin saber siquiera cuál era su bando o a qué enemigo disparar. Ese lenguaje compartido que ya nunca permitirá pronunciar el primer número sin un sonido estomacal ni hacer una sencilla rima al pasar por la fábrica de agua cercana a La Granja.

Cuando coge los años que yo dejo se siente más protegida y confiada y va inventando otra vida en la que perdió intensidad a cambio de hacerla más suya.

Y se escapa en una piragua amarilla camino de una caña con patatas fritas doce curvas más allá. En el regreso los claustros del tabulé nos encierran en una isla de trigo y lana para construir una catedral a la que siempre gana, aunque no haya ganado nunca; y de fondo pone su música aunque yo no la entienda, y mientras canta patina y mientras patina baila a plantar semillas de un dios negro que la hace correr Castellana arriba hasta volver a Maputo.

Y parece que así importa menos que el trabajo a veces no llene y que los mimos y besos no sean tantos como desea.

Al fin y al cabo yo también dejé de llorar y de enfadarme como cuando me enfadaba y lloraba…

miércoles 23 de febrero de 2011

La abuela debería poder morirse. No es un alegato a favor de la eutanasia ni un grito de odio contra la mente ñoña de Paulo Coelho. Es un derecho adquirido a lo largo de casi noventa y dos años de vida.

Y no se muere. Aunque moriría por hacerlo.

La abuela debería tener derecho a dejar de aburrirse. Debería poder dejar de ser consciente de todo, cuando sabe que su todo es nada y que mañana será menos. Debería poder dejar de estar sucia y de oler a mierda porque no es la hora de que la limpien. Debería dejar de no importarle que le mire sus fichas del dominó. Debería dejar de no tener fuerzas (o ganas) para verme y decirme lo guapo que estoy. Debería dejar de no oír. Debería dejar de respirar mal, de no andar, de tener los dientes podridos, los tobillos hinchados y la piel de la cara cada vez más retraída hacia los huesos que dan forma a los pómulos. Debería dejar de no sonreír.

La abuela debería dejar de desear morirse. Debería poder no despertarse mañana para poder no desear morir.

Y debería poder. Y el día que por fin pueda estaré tan triste que ningún abrazo ofrecerá consuelo. Porque se habrá ido, más tarde de lo que merecía, una persona tan anónima como grande que lo único que pidió en toda su vida fue morirse un poco antes de ahora.

viernes 10 de diciembre de 2010


En el tiempo que transcurre desde que pulso el botón hasta que un breve pasillo me dirige a la habitación 308, observo con certeza, en el espejo del ascensor, que las canas han ganado mucho terreno desde las fotos de relax en las playas y piscinas desiertas del Chidenguele mozambiqueño.

La tripa empieza a digerir la media de pulpo (la soledad impide llegar a raciones enteras) mezclada con dos cervezas (el alcohol no parece entender del escaso número de comensales). De postre vienen pensamientos que me hacen comenzar a entablar una buena relación con esta ciudad.

Me gusta este Vigo calmado y sin lluvia, sorprendido por mi chubasquero y mis prisas. Le encuentro el encanto a esta ambigüedad que suele desquiciar mi mentalidad madrileña y hasta me sonrío con las mentiras y desengaños políticos vividos en primera persona.

Estoy cansado. Tal vez tanto como fuerte. Y me reencuentro con mi yo poderoso, inteligente, ágil, solvente y autónomo y suspiro aliviado porque creí haberlo perdido entre despachos, oficinas y personalidades que tienden a anular todo lo que valgo.

Ya desnudo, y aunque duelan las piernas y la falta de cama, siento que me hacía falta saber que sigo valiendo para esto. Y así las ganas de sueño son menos.

Me encierro en una pequeña habitación de hotel que no tiene ni compañía ni vistas a la desembocadura de un río africano, pero por hoy me bastará con la excitación que me produjo la columna de hidromasaje de esta ducha que refresca mi ánimo a la vez que calienta mi cuerpo.
No sé. Tal vez las canas, después de este aseo no sean tantas como mostraba el espejo.

miércoles 8 de septiembre de 2010



Le dolió tanto cada ratito de destemple, de incertidumbre, de inexactitud, cada lágrima implacable, cada mareo que anulaba, cada desenfreno sin fin, cada giro intenso que giraba… Le dolieron tanto que le hicieron apreciar la anestesia y la calma.

Le dolió tanto cada dolor provocado, cada llanto arrancado, cada abrazo perdido, cada herida abierta a golpe de un cuchillo que él mismo no controlaba… Le dolieron tanto que trajeron un miedo que no se va con el tiempo.

Le dolió tanto que los que eran ya no fueran porque tal vez nunca llegaron a serlo, que eligieran sin que nadie lo pidiera, que juzgaran sin escuchar al juzgado, que condenaran al condenado… Le dolieron tanto que le trajeron un baúl de tolerancia y unas dosis de indolente desengaño desconfiado.

Y ahora que, si le duelen, apenas duelen, aprecia ante todo su paz, su sosiego y a los pocos que, a pesar de todo, le siguen queriendo.

Ahora que aprecia su espacio y quiere su tiempo, aunque se adormezca, se siente tranquilo.

sábado 31 de julio de 2010


La primera vez que un crujido violento, extremo e inmediato regaló a sus cuerdas vocales un aullido de desgarro, no pudo imaginar que ese dolor definitivo nunca más lo abandonaría.

Pero lo acompañó, ya sin condiciones, disfrazado de una angustia queda, aguda y fiel. No recuperó la sonrisa.

jueves 22 de julio de 2010

La estupidez insiste siempre.

Albert Camus