lunes 16 de noviembre de 2009



- Lo lamento mucho.


- No tanto como yo.


- Entonces, ¿qué pasó, señor Patel? No conseguimos entenderlo. Todo iba bien y luego...


- Luego el bien se hundió.

miércoles 28 de octubre de 2009


Está más feliz. No porque lo sea sino porque su listón de felicidad ha descendido. No lo bajó él. Se lo bajó la vida para que nunca se le olvide que, aunque ahora sepa más cosas, una de ellas es que sabe menos cosas de las que él creía que sabía.

lunes 21 de septiembre de 2009


Algún día me despedirán del trabajo. Este blog es público y mi foto y mi nombre están ahí. Y no los voy a quitar.

Si no me echan, su padre, millonario, contratará a algún matón para que su hijita no se manche las manos pegándome un tiro en la nuca (los fascistas son así, ante todo cobardes). Es el dinero que ahorraron al no comprar a su hijo una moto de verdad.

Yo soy cobarde. Pero no todos los cobardes somos fascistas ni nos gusta asesinar. Así que escribimos porque al menos nos queda la palabra y porque no es posible que callemos. Pero me da miedo.

Si algún día ocurre, si algún día un extraño accidente me deja más cojo de lo que estoy, no dudaré de que ha sido ella. Sólo les pido que no lo duden ustedes tampoco. Investiguen, por favor: nunca le di motivos para que me odiase. Sólo uno y no intencionado. Con el tiempo me he dado cuenta de que sin querer, y comportándome como habitualmente lo hago, le hice ver que es una vulgar piltrafa. Y eso, por lo visto, a los educados en el capricho y la adulación les genera aún más inseguridad.

Si se cruzan en la calle con ella, no se dejen seducir por su estúpida voz inocente. Como el resto de su existencia, su timbre (el de las cuerdas vocales) es de mentira. Y si ustedes, sin saber por qué, se convierten en su víctima, por favor, mueran de pie pero nunca se arrodillen:

Ha subido a la 3ª planta de la oficina a traer unos canapés salados para invitarnos. Me ha insistido en que cogiese uno y yo le he insistido en las mismas ocasiones en rechazárselo. Lástima que, cuando ha empezado con la ronda de despedidas, a mí me ha llegado una llamada muy importante (cualquier cosa es más importante que dar un beso a esta zorra).

En fin... que se va. Que se pira a otro sitio de una puta vez. Sólo deseo que se encuentre con un equipo que quiera trabajar y hacer las cosas bien. Sólo eso. No que la puteen que bastante tiene ella con aguantarse lo mala persona que es. Sólo que quieran trabajar y que la exijan que trabaje que es lo que más le duele y de lo que menos sabe.

No he conocido a muchas personas más malas y más ruines que ésta en toda mi vida. Así que, que se vaya, lejos, que no me tenga que cruzar todos los días con su puto careto. Y que su hija siga bizca, para que se joda y no resulte que todo en su vida es maravilloso. Que no lo es. Porque estoy seguro de que cuando se acuesta por las noches no duerme bien y que cuando todos los domingos va a rezar a su dios a la iglesia del pueblo, si ese dios existe (que al menos entonces espero que sí) estoy seguro de que se avergonzará de que una tipeja de este percal se atreva a aparecer por allí.

En todo caso, seguiremos vigilando porque allí donde esté, y sin saber bien por qué seguirá jodiéndonos. Es lo que tienen los complejos de inferioridad... nunca descansan.

jueves 13 de agosto de 2009


Era una persona con un sentido de la justicia afinado y particular. Afinado por sensible. Particular por aplicárselo a sí mismo, importándole poco lo que otros pudiesen permitir que les hicieran.

De por sí, era un hombre que aportaba a la vida un extra de generosidad, de docilidad, de flexibilidad y de comprensión. Se lo aportaba a la vida y a los que le rodeaban a lo largo de ésta.

Pero ese extra sólo lo decidía él. Y nunca aceptaba imposiciones, intromisiones o exigencias que fuesen en contra de lo que él era o de lo que debía ser.

Así que, cuando lo intentaban, cuando intentaban exigirle más generosidad, docilidad, flexibilidad o comprensión de la que él consideraba justa, el extra acumulado durante tanto tiempo se volvía en contra del agresor.

Nunca quiso vivir arrodillado.
Cuando por fin decidieron matarlo, tuvieron que hacerlo de pie.

sábado 8 de agosto de 2009


Tres años después regresa al mismo lugar. Peor. Pero con un optimismo que no sabe de dónde le ha caído repentinamente. Tal vez la desesperación y la esperanza sean más amigas de lo que aparentan.
El que está enfrente es otro señor, uno más. Seguramente le dirá lo que tantas veces escuchó.
La estancia es tan igual a las de siempre que comienza a sudar recordando viejas batallas libradas allí mismo.
Antes casi de saludar le espetan el tan repetido discurso, justo lo único que no quiere oír: “Es que esto no tiene solución”.

La tortura comenzó hace diecisiete años (dieciocho, tal vez, qué más da). Se fue agravando. Se agrava de forma imperceptible cada día. Cada vez más. ¿Hasta dónde?

Él no se da cuenta, pero todas sus decisiones y reacciones, todas, sin importar la importancia, están condicionadas por ese dolor.

No le excuso, pero estoy convencido de que su carácter sería otro. Su profesión no sería la misma. Su vida no tendría nada que ver. Sus costumbres no se parecerían en casi nada.

Estoy seguro de que la alegría y el entusiasmo hubiesen tenido su oportunidad en él.

No me cabe ninguna duda de que sería más sociable, menos solitario, menos huraño, más agradable, más positivo y menos cínico. Sé que dejaría lugar a la fiesta, a la improvisación, al cansancio desmedido.

Pero nada de esto es real. No puede. Aunque nadie lo entienda. Aunque él no lo entienda. Aunque yo no lo entienda. No puede. Ni tiene solución.
No lo excuso, pero le perdono la tristeza.

martes 16 de junio de 2009


“El sistema obliga a quienes lo integran a adoptar actitudes y conductas que van en contra del propio sistema. Allá el sistema”.

Volaverunt, Almansa esquina Pablo Iglesias. Coca- cola en los veinte (siempre más) minutos de descanso de la jornada laboral. La frase me ha salido así, espontánea, ante alguna queja (actitud) de uno de los compañeros que hoy han compartido mi “desayuno”.

Me he quedado enganchado a esas palabras y he regresado a la cena de ayer.

Él no está de baja. Ahora. Insiste tranquilo en que no piensa trabajar más de siete meses al año, lo cual ya le parece un exceso. Lo dice convencido, alegre, risueño. Sin encararse con el mundo ni con su jefe. No es profesor, así que hay cuatro meses que no cuadran a un nuevo comensal en la mesa que nunca antes escuchó este discurso.

Un par de años atrás una leve depresión se asomó a su casa y fue la clave para convertir la visita al médico en la solución a muchos de sus problemas.

Él parte de que no le importaría que le despidiesen, pero sabe que no van a hacerlo. Su empresa desgastó a muchos compañeros hasta que se fueron, pero despedir, no despidió a nadie.

Así que recordó su primera cita en el centro de salud del barrio, y ahora, con una benévola doctora y cuatro trucos baratos (desaliño corporal por descontado) distribuye al menos ciento cincuenta días al año a su antojo.

El nuevo comensal me comenta en voz baja que quiere ser tan feliz como él, y a mí no me sorprende.

Nadie debe confundirse. No es un rebelde. No es un valiente. No es estridente. No le gusta aparentar. No pasa del mundo. No es un tramposo. No lo cuenta para que lo admiremos. No es un guay.

Simplemente decidió que la vida es otra cosa.

Es generoso. Desde hace tres años espera con paciencia una adopción que nunca llega de Senegal (el sistema). Mañana conocerá al niño que va a tener en acogida durante este verano: para que pueda disfrutar un poco que si no se queda encerrado en una de esas horribles casas.

Él es responsable. Cuida con mimo su alrededor. Su pareja. Sus amigos. Su apartamento. Su madre enferma. El poco dinero que tiene.

Decidió que la vida es otra cosa. Que hay mucho que disfrutar (ahora que tengo cuarenta y tengo ganas y fuerzas) y mucho que dar (la vida no es estar siempre mirándose a uno mismo).

No es ningún filósofo y está en el polo opuesto del adoctrinamiento (es irritantemente tolerante). No. No es rebeldía. Es actitud y conducta ante un sistema que le obligó.

Es feliz.
Allá el sistema.

miércoles 29 de abril de 2009


Ya no me sorprendo. Ya no consiguen sorprenderme con nada.

Tampoco me enfado ni grito. Ya no me rebelo. Mi úlcera descansa cerrada y mi sueño es profundo. Le ayuda el cansancio físico que me produce llorar.

Porque sí, ya sólo me entristezco. Ya sólo lloro. Bajo la cabeza, me humillo, lloro y sigo trabajando.

Lo han conseguido y me siento mísero, mínimo. Me avergüenzo. Sólo quedo para subsistir.

Y lo sabía. Sabía que a los Poderosos no les importa el trabajo bien hecho, el compañerismo, la bondad. Sabía que a los Caciques sólo les importa su bienestar. Sabía que los Caudillos no entienden de sentimientos.

Lo sabía. Ellos sabían que yo lo sabía. Por eso no me enfado, ni grito ni me rebelo. Para no defraudarlos.

Sólo lloro porque lo han conseguido. Sólo lloro porque el mundo se me hace más gris. Sólo lloro porque nos vencieron. Porque nos siguen venciendo. Porque me siento ruin. Y porque, funcionando, he llegado a quererte en poco tiempo. Y te vas. Te van. Sin que mi sueño se altere. Sin que mis lágrimas dejen de llorar.
Sólo entonces, cuando no te vayan, cuando otro mundo sea posible, cuando nosotros ganemos, cuando no nos pisen, cuando trabajar y ser un buen compañero sean valores a tener en cuenta, sólo entonces volveré a permitir que mis manos escriban cosas alegres.

"El caso es que me afectan las cotidianas tristezas [...]"- ISMAEL SERRANO

lunes 27 de abril de 2009



Gregorio enfila un Prado extrañamente vacío. Está callado. Nunca sabremos si por respetar el duelo y el silencio de los pasajeros de su vehículo, o sencillamente (y, a simple vista, no parece un hombre que repare en estas cosas) porque las horas invitan al silencio.

En el asiento del copiloto disputo una estúpida lucha consistente en no dejar escapar mis lágrimas. Las pocas que me ganan la batalla se turnan. Unas son de tristeza. Otras, no sé cuáles, se imponen para expresar una mezcla de emoción y alegría que deja además un ahogo (más que un nudo) en la garganta.

Las cholitas han dejado de tintinear sobre mi cabeza, y el niño Jesús Morales se ha quedado solo en la habitación. Sólo espero que no haya quedado descalzo.

Me traigo una camiseta verde para el doce de junio, una chakana de una pirámide que aún no existe y otra del hijo de una señora tan pesada como para no comprarle nada. Todo son regalos.

Ahora Los deshabitados vuelven a su rutina mientras yo vuelvo a la mía, Gregorio comienza a hablar y Geri retorna a su locura cual chileno del piso de abajo, parte de atrás.

Es una fila interminable (después de otras dos y media; la media la más larga de todas). Cuando se está acabando, dejo de pelear contras mis lágrimas porque sé de antemano que, sin más remedio, saldrán de mis ojos y, con la misma sencillez, Newton las llevará al suelo.

Lloro por nuestras tontás. Porque las ventanas nunca se cierran, porque el periódico se lee en la mesa aunque haya más comensales y porque me gusta llegar al fútbol cinco minutos antes de que empiece el partido.

Lloro por la cajita verde y redonda para los labios, por la esponja que no usé y por El Ceibo.

Lloro porque mi asiento siempre fuese el de adelante. Porque jugamos (y casi siempre gané).

Lloro por cada conversación en la cocina (fría, ¡puta!), porque me escucháis, me entendéis, me queréis y me perdonáis… la tristeza.

Lloro porque os quiero. Y no porque me sienta querido, lloro porque me queréis.

Y cuando el asiento de atrás de Gregorio baja de nuevo hacia Sopocachi sé que lo hace feliz pero tan callado como cuando subía. Y estas horas ya no invitan al silencio.

"Ya".

jueves 16 de abril de 2009

Aquel barquito sigue navegando. Por los días que vendrán. Que vendrán

martes 14 de abril de 2009


El día después de la muerte de Ramón te invadió una mezcla de culpabilidad, tristeza e impotencia.

Te subiste a la encimera con aquellos pantalones grises y no dejaste de llorar.

A partir de entonces, y hasta que dejó de serlo, la vida se volvió tan bonita como sencilla.