lunes, 31 de agosto de 2015

Aunque todos los caminos llevan a Concha Espina, se me hace extraño haber perdido el ritual del 27, donde me sentaba siempre en la última fila para reducir las posibilidades de que algún abuelo con mejores rodillas que yo me hiciese levantarme para ceder el asiento. Leía. Sonaba la voz de González, Castaño y Lama, y ese ratito de Castellana arriba formaba parte de un ritual de sosiego en el que predominaba mi por entonces menos marcada tendencia al yo.

Hoy camino extraño por esta nueva ruta a pie que hace sufrir al oblicuo y al dorsal ancho de mi lado derecho mientras subo la leve cuesta de Juan XXIII. Me bloqueo por un instante extraño y doloroso cuando Jerónima Llorente saluda a Juan Pradillo y en la radio de un Megáne canta Oliveros gol.

Ya no leo.

Pero recupero el tercer anfiteatro del fondo sur, como el que encuentra el juguete favorito que una tarde perdió. Y mi vista se pierde en un verde perfecto mientras mi cabeza se va al Monumental donde la barra aprieta y siempre gana el Cacique. Y aunque no sea el mismo de entonces, cuando salgo lo hago deprisa, como si tuviese que correr para no perder el autobús dirección Embajadores, y paseo de vuelta hacia un horizonte de piso 15, Casa de Campo y A-6. Que veintitrés años no son nada. Cómo no te voy a querer.

miércoles, 8 de octubre de 2014

Me gustaba limpiar la mierda de la mierda de Madrid.

Me gustaba limpiar esos culos viejos, llenos de granos, de pelos, de heridas con sangre.

Me gustaba la violencia de aquel sitio. Los cuchillos, la sensación de peligro.

Me gustaban los brotes de locura que acababan con mis gafas machacadas en el suelo al invadir el espacio de la esquizofrenia.

Me gustaba recoger un cuerpo muerto del suelo.

Me gustaba ver desde la puerta cómo os escondías detrás de los matorrales para follar de mala manera.

Me gustaba cortaros el pelo y ver cómo al pasar la máquina la caspa saltaba.

Me gustaba curaros heridas supurantes mientras conversábamos y se escapaba un poco de vuestra saliva a mi cara.

Me gustaban los diminutos gusanos que se comían el dedo gordo del pie de Julián cuando le retiraba el calcetín para ayudarle a ducharse mientras escupía flemas a mi cara por el agujero de su traqueotomía.

Me gustaba recoger un ojo de cristal del suelo y meterte la mano en la boca mientras te ahogabas para que pudieses seguir respirando.

Me gustaba saber que  me rodeaban cincuenta personas que vivían obsesionadas por tener su ración diaria de vino.

Me gustaba acompañarte al médico y que la gente nos mirase mal porque no olías a esencia de mujer ni a perfume de diseño, ni a perfume de puta barata. Olías a alcohol y a caca.

Me gustaba veros drogados cada noche con esa mezcla de benzos y don simón.

Me gustaba sonreíros y servir la comida con agrado aunque luego os cagaseis en mi familia porque la cena os parecía una basura.

Me gustaba. 

Y cuando me olvido de quién soy, vuelvo a la mierda sin mascarilla, respiro y me encuentro. Aunque ya no vaya a sacarte del baño cuando te mal cortas las venas.

jueves, 18 de septiembre de 2014

Será que no me gusta el ondear de banderas
ni las lágrimas que llegan a los suelos de aeropuerto
ni que “si no… SUELTES”.

Será que no salió mi gorra del despacho
y que no aguanto tus mentiras de estos días.

miércoles, 23 de julio de 2014

Será que no me gusta el whatsapp de migrañas
ni la depresión mayor de tu facebook
ni que te llames Danilo.

Será que me revuelve ver tu nombre en GMF
y que no aguanto tus mentiras de estos días.

miércoles, 16 de julio de 2014

No me olvidé de tu cumpleaños. Es sólo que ese día no me salía escribir. Y a ti, da igual, no te hubiese llegado de ninguna forma mi felicitación.

No me olvido de ti. Hay pérdidas que nunca se pierden y sólo queda vivir con tu muerte derrotando la levedad de la memoria, con la victoria de saber que el paso de los días te va borrando, pero no te borra. Aunque me deje vivir.

No me olvidaré. Es sólo que hoy te recuerdo mientras miro la cordillera, tan lejos de Ascao, y brilla la nieve y se respira algo mejor porque el esmog nos ha dejado un día de alivio de cáncer de pulmón, y me parece que eres tú la que lo estás fumando desde el cielo mientras te cagas en la puta madre de mi memoria que no te olvida.

miércoles, 28 de mayo de 2014

En la esquina de Corrientes con San Martín, mi cuerpo se levanta de la silla impulsado por la taquicardia y por otro salto (casi tan elevado como el mío) que, a 9.600 kilómetros de distancia lleva un balón de décima a la red (cómo no te voy a querer). El bar se gira ante mi grito eufórico y mi brinco repetido ante el televisor, y mi memoria empieza ahora a recordar caras poco amigables, no sé si por mi espontaneidad poco educada o por la tonta simpatía hacia unos colores que nacieron marcados por la derrota de nuestra victoria. Pido ron para pausar el ritmo de mis nervios y celebrar lo que entonces ya se sabía cómo acabaría, y suspiro con tres cuartos de alegría y otro poco de alivio mientras tú me miras de reojo alucinada por mi forma de vivir algo tan banal.

La Plaza Dorrego continúa acogiendo al mismo bar en el que nos sentamos hace años a beber Quilmes mientras escuchábamos a alguien haciendo versiones en directo. Cuelgan las mismas sillas del techo y el escenario es aquel que era, tan pequeño como desproporcionado para las dimensiones de este vetusto local.

Caminito y su Bombonera nos regalan un día de sol que remarca los colores de aquellos marineros italianos que hicieron de estas calles un paseo de cuento comiendo pipas (saladas).

El Luna Park me conquista ya desde fuera con sus luces rojas en la noche cerrada. Una vez dentro hace algo en mi piel para que ésta pierda la suavidad durante más de tres horas y se erice ante la inmensidad de un lugar demasiado impresionante como para ser verdad. Me transporto a un libro de versos con sabor a palestino y a tu cuerpo sobre el mío y después a Elda, donde un uruguayo mejor que Godín me hace disfrutar de unas horas que parecen un sueño. Y pienso en si merecerá la pena volver a un concierto si no es en un solar limitado por Bouchard, Lavalle, Corrientes y Madero.

Palermo nos invita a un café con Cortázar, eneagramas y El País del día con sus columnas del dominical. Un taxista bostero se sorprende e indigna porque hayamos cruzado el charco para vivir donde vivimos, mientras nos anima a dar media vuelta antes de llegar al aeropuerto para evitar lo que él considera gris y aburrido.

Cambiamos el sol de Ezeiza por la espesa niebla del Arturo Benítez. Cristian no nos intenta convencer de nada, y al llegar a casa, no me siento reconfortado como siempre ocurre cuando después de un viaje, por fin vuelves a casa. 

jueves, 27 de marzo de 2014

Suena el teléfono y tras tu “felicidades”, apenas dejas tiempo para que te dé las gracias. “Tengo malas noticias” te escucho con tono triste, apagado y nervioso. Entonces, parece que el mundo se vuelve frágil y que todo se desmorona otro poco más.

Creo que no soy capaz de escuchar el resto de cosas que me dices. Mientras hablas, mi cabeza se ha marchado a cenar choripanes al patio de un hostal junto a la Plaza de San Francisco; intentáis convencerme de que la vida no es una puta mierda. Luego nos sentamos en Tirso de Molina y sale el sol y la cerveza, y no para de llover junto a la Ría mientras ella graba un vídeo africano para explicar dónde estamos a su pequeñito.

Te sigo escuchando pero he vuelto a irme a Sopocachi donde suenan las cholitas antes de entrar en mi habitación para llevarme de vuelta a unas huellas de dinosaurio en Ribadesella. Y mientras ella aprende a caminar nos comemos un bocata en Licenciado Poza cerca de la Plaza Mayor cuando da las horas un carrillón de Mingote y aparece por primera vez en mi vida una niña con k.

No quiero asimilar lo que dices porque estoy en Papel Pampa comiendo el chuño que dejáis en vuestros platos mientras repartimos hoces y martillos y tomamos una sidrina (que por cierto, me sienta mal) en Gijón y aparezco fatigado subiendo la cuesta de Zamácola y esperando otro avión de Tindouf que siempre se retrasa porque está paseando por las rampas de Lastres.

Y antes de colgar sólo vuelvo a pensar que nunca debisteis convencerme de nada porque yo tenía razón. Y aunque el mundo se viene abajo, otro poco, siento más intensamente que nunca que estéis donde estéis y hagáis lo que hagáis os querré eternamente.

lunes, 6 de enero de 2014

Como en La huida de Los Paraísos Desiertos o en los Pájaros de Portugal que aliviaron el luto ellos se encuentran a mitad de carretera. El frío indica que una manta y algo de calefacción o chimenea son mejores planes que conducir de noche y con sueño.

Ellos creen que no.

Ella supo mantener la ilusión doce meses más y la plasmó en imanes, en principitos manuscritos y dibujados, en una pequeña Cibeles, en un libro de verdad y en muchas notas llenas de sentimientos que aunque tan contenidos como últimamente, se dieron el placer de dejarse llevar algo más, aunque sólo fuese por esta noche.

Ella es fácil. Sonríe a las dificultades. Cuida sin molestar. Quiere sin que te des cuenta. Crece sin dejar las cosas buenas de la infancia. Se ilusiona con poco y con mucho. Perdona casi sin querer. Pide poco si poco es casi nada. Y cuando la preguntan si ella confiaba en que iba a ocurrir sólo responde sinceramente sí.

Ella ilumina todo lo que está a su alrededor.

Incluso cuando las noches eran frías y oscuras y costaba tanto creer…

Aún no sé si es Amelie, o los reyes magos. Pero sé que la vida es más bonita cuando creo en ella.

viernes, 20 de diciembre de 2013

Una foto borrosa en forma de croquetas caseras me transporta al Springfield de Gran Vía. Es invierno y hace frío en Madrid.

Mientras miro una sudadera para ampliar mi amplio fondo de armario tu mirada y la mía se cruzan. No te veo yo antes que a ti, ni tampoco sucede al revés. No sé por qué tu cara se llena de tanta sorpresa como la mía, e inmediatamente, soltamos la ropa que hay entre las manos y nos abrazamos. Me abrazas. Porque en cuanto me rodeas me deshago, me hago pequeño, me hundo hasta casi desaparecer. Y lloro. Y lloro. Y sigues abrazándome para que no deje de llorar.

Cuando me calmo te miro otra vez. Estás tan lindo como siempre, aunque se ha quedado una mueca de bloqueo en tu cara que no consigo que se vaya pidiéndote perdón por mi tristeza.

Llevas prisa, tal vez yo también, pero ninguno de los dos queremos irnos sin al menos poder decir algo más que lágrimas y abrazo.

Te invito a un café a precio chileno en el cual intento calmarme, y tal vez lo consigo hasta que algún hermano te llama al móvil y sigo llorando porque no hay motivo para dejar de hacerlo.

PD: nos dijimos adiós. Ojalá que volvamos a vernos.

sábado, 14 de diciembre de 2013

Cuando suenan las primeras palabras de La maza, siento intensamente unas ganas de empezar a escribir que no se marchan según avanza este bonito Ojalá, y que aumentan cuando en los últimos minutos se repiten una vez tras otra las imágenes del imponente Malecón y la placentera fusión de las nubes blancas y el perfil del Hotel Nacional.

Creo que las ganas incontroladas de teclado sólo se deben a que  desde el primer acorde sentí que fueron demasiado importantes las cosas que dejé en La Habana.